
Ahí estaba ella, mi temible y adorada felina, con cuerpo de mujer escultural y colmillos de bestia, sentada sobre mi espalda, sosteniendo un cuchillo por encima de su cabeza, y poco a poco, dejándolo caer sobre mi médula. El terror se apoderó de mí. En un desesperado intento por salvar la vida, grité, pero no logré hacer ningún ruido. Lloré mientras el cuchillo se acercaba más y más a mi cuello.
Me desperté sobresaltado y bañado en sudor. En la oscuridad de mi habitación vi centellear dos verdes ojos que me observaban. Temiendo que la pesadilla todavía no hubiese acabado, encendí la luz. Los ojos habían desaparecido en la profundidad de la noche mientras unos ligerísimos pasos se alejaban de mi cabaña. Me asomé a la ventana y vi cómo iban apareciendo unas pisadas que cada vez se adentraban más en la espesura del bosque. Pero eran producidas por el mismísimo aire. Allí no había nadie caminando.
KFU
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